lunes, 13 de julio de 2009

Cuando el diálogo que reclaman llega, los opositores se exasperan.




Una sóla declaración al paso, mientras uno está en su casa alternando diferentes tareas y escucha la radio o ve televisión, nos puede resultar normal, para nada sorprendente. Ahora, ver ordenadamente, una tras otra, las declaraciones de funcionarios, empresarios, legisladores acerca del tan reclamado llamado al diálogo, culmina en un cóctel difícil de digerir. Todo ser humano, todo proceso social se caracteriza por algún grado de contradicción. En un punto, todos somos paradojales. Pero esta vorágine de dichos opositores que se alzan al unísono, cuya recopilación y edición por parte del programa Seis en el Siete a las 8:00 provoca este efecto de perplejidad y hasta de comicidad, es la expresión, la representación de profundos desacuerdos e intereses contrapuestos que imposibilitan que los actores sociales que reclamaron el diálogo puedan (ahora que la invitación está hecha) sumarse a ese diálogo por su entera incapacidad de comprender lo que un diálogo significa.
Cierta oposición se enfurece: el Gobierno Kirchnerista no dialoga, se cierra en sí mismo, no convoca al debate. Esta oposición instala un mensaje a través de los medios masivos de comunicación: la falta de vocación de diálogo del Gobierno es un mal para la Argentina.
Pero ¿qué es lo que esta oposición concibe por diálogo? Con respecto a los proyectos de Ley, la Presidenta Cristina Fernández ha declarado en varias oportunidades que ninguna iniciativa fue llevada adelante en su forma original, es decir, sin posteriores modificaciones que incluyeran correciones, ajustes, nuevas consideraciones que emanaran de una pluralidad de opinión. La misma polémica Resolución 125, como ejemplo actual y tal vez paradigmático, fue ampliamente debatida incorporándose en la misma cuestiones que protegían a los pequeños productores de no ser "discriminados" (en el sentido positivo de la palabra, si es que existe) debidamente con el fin de que la medida no los perjudique.
Es cierto que el diálogo es esperable y necesario en todas las instancias de la vida política, pero no es menos cierta la consideración de que atravesamos un panorama que está tejido por el conflicto de intereses entre actores diversos, debido a la aparición de un modelo que ha vuelto ha colocar en la discursividad social la palabra redistribución del ingreso. Si bien las contraposiciones de clase y de intereses son históricas, en el presente Argentina (y América Latina en general) atraviesa procesos de cambios, replanteos en los juegos de poder, revalorizando la participación de actores anteriormente excluídos del esquema productivo y del bienestar social. Todos conocemos que este proceso ha sido parcial y que los esfuerzos deben estar dirigidos a profundizar el cambio y la calidad de vida de amplios sectores de la población. Pero no por ser parcial debe ser sujeto de subestimación, sino que es una base desde la cuál apoyarse para seguir escalando en nuevas conquistas sociales.
Con el agregado de que se tomó la iniciativa de debatir una nueva Ley de Servicios Audiovisuales que nos despoje de la absurda y retrógrada ley de la última dictadura, el rescate de servicios imprescindibles para la Nación, la incorporación de jubilados a un nuevo regímen previsional. Estas acciones son conquistas del Estado en beneficio de las mayorías; y, principalmente, el ataque directo a sectores de poder que no quieren resignarse a perder.
¿Cómo conciben el diálogo representantes de partidos opositores que han declarado abiertamente que se deberían re-privatizar algunos servicios fundamentales o que son dueños o accionistas importantes de medios de comunicación o que tienen campos? La lógica de muchos de ellos ellos rasgarse las vestiduras reclamando el diálogo, pero cuando finalmente el momento ha llegado anteponen sus "peros" tan destructivos a los fines del diálogo, dudan acerca de las intenciones reales del Gobierno con este llamado, despliegan la artillería de sus especulaciones acerca de lo que no ha ocurrido aún y, posiblemente, jamás ocurrirá.
Porque el diálogo es usado como caballito de batalla y manipulado con tanta verguenza que, implícitamente, al decir diálogo se está pensando en imposición de ideas e intereses. En esta línea no avanzar en el diálogo significa que la posición y el interés particular no ha ganado la batalla. Y tampoco el diálogo, porque se atreven a despedazarlo antes de que suceda.