jueves, 30 de julio de 2009

Escenarios, preguntas y esperanzas.



Qué difícil. Tratar de comprender lo que sucede en nuestro suelo y, además, lo que pasa en los pueblos hermanos cuando las voces han sido hegemonizadas por una campana que resuena al son del compás de la desigualdad y que anula la diversidad. ¿Cómo ganarán la batalla de lo discursivo aquellas otras miradas, cómo se abrirán terreno si los medios para hacerlo se conglomeran en los grandes multimedios que llevan la consigna de la respetable libertad de expresión hasta límites escandalosos que desvirtúan el total sentido de esa palabra y su esencia al servicio de la verdad comprometida con la justicia social?.

Pero ¿por qué debería a los grandes medios de comunicación interesarle esa justicia? Bien sabemos que los medios de comunicación son grandes empresas que construyen realidad social, actualidad social, con un impacto en el conjunto de la sociedad que puede determinar las decisiones y los movimientos; influír en la construcción de subjetividades, en la formación de cosmovisiones del mundo. En este sentido, es mucho lo que se juega en este entramado de relaciones y el aprovechamiento de ese poder al servicio de interes personales o sectoriales para alimentar un esquema que privilegie a los más poderosos y mantenga al márgen a los marginados__si bien es condenable__ es muy real.
Ellos llegan dónde nosotros no llegamos, abren una especie de ventana donde su marca indeleble (que busca volvernos endebles) puede permanecer sutilmente oculta, pero jamás ausente. Por algún motivo, en dónde se involucran procesos que juegan en el armado de la verosimilitud, les creemos. Pero quizá lo más difícil, en este escenario de grosera concentración de medios__ que podrían dar espacio a miradas con mayor amplitud y a voces constructoras de justicia__ sea ejercer el sano ejercicio de la crítica y de la duda ante el torbellino mediático que consumimos día a día.
Porque parece que ser consumidores de estos singulares discursos es convertirse en seres pasivos embestidos por el producto. Así como damos mil vueltas para comprar un electrodoméstico y pedimos al vendedor las descripciones, las cualidades, las garantías; preguntando y re preguntando para tener el convencimiento de que aquellas características se corresponden con lo que el producto tiene para ofrecer; la misma actitud deberíamos adoptar con los productos mediáticos.
Pero es indiscutible que las noticias tendenciosas, la manipulación de los conceptos, la antidemocrática concentración y sus titulares al unísono, conforman y agradan a parte de la población afín a sus mensajes.
¿Cómo resignar una herramienta tan importante y dejarla en manos de grupos económicos que se diversifican y someten a los sin voz? ¿Cómo claudicar ante la lucha por una nueva ley de medios audiovisuales? ¿Cómo abandonar la consigna de llevar la democracia a la instancia mediática, de pluralizar las mentes a través de los discursos multicolor; de acabar con las polarizaciones, el etnocentrismo cultural, la espectacularización y banalización de la política (sobre todo por parte de los empresarios que juegan a ser políticos y aprovechan su hegemonía en los medios para lanzarse al escenario mediático y desde allí construír su candidatura de mercado)?

Porque es necesario que los medios de comunicación en Argentina sean capaces de llevar a la ciudadanía, con seriedad y responsabilidad, todas las acciones del Gobierno y de la oposición (sin retacear información y relegar a la condición de "no noticiable" a aquellos datos que podrían aportar a una decisiva comprensión de las relaciones en juego). Porque no es saludable, a la vez que es un indicador de la falta de canales de diálogo o el mal uso de los existentes, que el Gobierno "salga a comprar" voceros temporarios para que todos y todas estemos informados de las gestiones llevadas a cabo, o buscar desesperadamente consenso en la ciudadanía.
Porque insisto en que no llegamos al campo del debate, que en la vida social se tiñe de una reprobable violencia e intolerancia discursiva, con la información necesaria. Se nos escapan datos; mas bien, los medios nos escapan datos. Hace falta poner sobre la mesa lo mejor y lo peor de nosotros como sociedad. Hace falta darnos cuenta de que los que tenemos las fuerzas necesarias para hablar y el hambre no nos acecha, tenemos la responsabilidad de nuestras palabras y nuestros actos por aquellos que ni hablan ni comen.
Entonces, ¿cómo no insistir en la concreción de esta ley de medios? Porque ya no es "de un Gobierno", ni se busca enaltecer a éste cuando nos proclamamos en la defensa de esa ley. Es un arma, una herramienta, quizá la única que tienda a la pacificación al permitir que el abanico de opciones, cosmovisiones e ideologías llegue a las audiencias para que puedan elegir y formar opinión por sí mismas.
Es éste parte del embate social, ideológico, mediático que nos deja mal parados, desolados, eclipsados y confusos. Que evoca las reminiscencias del colonialismo, el desprecio por lo nuestro (porque quizás establecer "lo nuestro" en esta Argentina pluricultural sea tan difícil como aceptar los derechos de los pueblos indígenas, verdaderos dueños de estas tierras). Que acecha con un resurgimiento de lo peor de la derecha (siempre excluyente, antidemocrática y vende patria). Es éste el escenario en que esas reminiscencias amenazan con volverse palpables y aniquilar los logros sociales obtenidos durante duros años en que nuestro país comenzó a revertir los peores pronósticos augurados por tantos economistas "de prestigio".
Y tan confusos y vulnerables nos deja este nuevo contexto, que pareciera pecado rescatar las buenas acciones de Gobierno. Cómo si no hubiera ya amplios sectores mediáticos al servicio de la vociferación de sus errores (que muchas veces son aciertos traducidos en errores por los sectores de poder, al considerar el peligro de sus propios intereses). Los verdaderos errores del Gobierno sólo son apreciados con la comprensión necesaria por aquellas personas de diferentes tradiciones militantes, culturales, políticas e intelectuales que no gastan sus energías en reparar en la estrategia de la demonización y saben ver más allá. Por los ciudadanos que ejercen la honestidad en la formulación de sus opiniones y son cuidadosos a la hora de analizar el panorama. Porque aquí el discurso encarnizado del "peligro comunista", la mirada desconfiada y de reojo a la unión latinoamericana, la construcción del Presidente venezolano, Hugo Chávez, como el demonio causante de todos los males, asombra por tener raíces en ningún argumento valedero y esconde el profundo temor de la intervención estatal a favor de los intereses de la justicia social y la mayor igualdad. Porque aquellos que demonizan al estado con el discurso de su ineficacia y nido de corrupción no tienen problemas de silenciar los crímenes del Estado en el terrorismo organizado, en la gestión estatal durante décadas a favor de las grandes empresas nacionales y multinacionales, mediante políticas privatizadoras y excluyentes.
A veces siento que ante este escaso o nulo márgen para la defensa de lo obtenido, el acto de acentuar los logros es un acto de justicia. Y lejos de alejarme de la mirada crítica hacia la actual gestión, desvestir a los falsos demócratas de sus ropajes inmaculados y de sus discursos que hablan de la pobreza en bocas en que no cabe esa palabra, también es un acto de justicia.
¿Cómo no anhelar que la ciudadanía comprenda estas simples premisas? Si estamos ante una lucha por la apropiación de los conceptos y en contra de la resignificación de otros que juegan un importante rol en la comprensión del mapa construído. Si es necesario profundizar las buenas políticas para que los logros obtenidos sean redistribuídos y puedan llegar a los que aún esperan sentados en las filas de la historia.
Si hoy tienen prensa más las divas antipopulares con sus discursos obsoletos y destituyentes en vez de representantes de asociaciones de los diferentes grupos sociales o dirigentes campesinos e indígenas que luchan por la reivindicación de sus derechos. Si los que elegimos no tomar como verdad indiscutida la opinión construída por los grandes multimedios, si los que no seguimos esa corriente de opinión nos sentimos cada día más decepcionados de nuestros periodístas, comunicadores sociales, y medios de comunicación masiva. Si por oponernos a tradicionales entidades con voceros antidemocráticos, ahora nucleados en una mesa de desenlace respecto de los intereses del pueblo que siempre espera, nos tildan de "asquerosos K", de personas "anticampo" que no comprendemos que el sector "trabaja para darnos de comer". ¿Cómo no querer sumar esfuerzos para revertir esta absurda y penosa situación, cómo no buscar fuerzas en aquellos hombres y mujeres de la historia que se volcaron en sus prolíficas vidas a ser voces y manos trabajando por causas justas?
¿Cómo no querer una Latinoamérica unida y solidaria, manteniendo la autonomía, pero dejando de mirar a cualquier parte cuando un pueblo hermano como Honduras padece el hostigamiento de una dictadura cívico-empresaria-mediática-militar que atropella a los valientes que arriesgan su vida por la restitución del hilo constitucional?
¿Cómo no llorar, cómo no cansarse, cómo no esperar, cómo no esperanzarse con un presente mejor?